A cinco años de su fallecimiento, se recuerda la figura del ex intendente de Rosario y ex gobernador de Santa Fe, destacando su gestión basada en la ética, la eficiencia y el cuidado de lo público.
A cinco años de aquel 9 de mayo de 2021, la ausencia de Miguel Lifschitz no se mide solo en el vacío que dejó su partida, sino en la vitalidad con la que persiste su ejemplo. Su legado sigue siendo una hoja de ruta para quienes creen que la política solo tiene sentido si mejora, de forma concreta, la vida de las personas.
Lifschitz fue un constructor de realidades, un ingeniero que no veía en la técnica una fría herramienta de gestión, sino un medio para la justicia social. Para él, la obra pública nunca fue una foto para el periódico; era el agua potable llegando a un barrio postergado, el hospital que dejaba de ser un plano para salvar vidas y la escuela abierta que garantizaba el futuro. Tenía una obsesión sana: terminar, cumplir, demostrar que el Estado puede y debe ser eficiente para reparar desigualdades.
Su ética no era una declaración de principios, sino una conducta cotidiana. Esa transparencia se condensó de manera dolorosa en su última decisión: esperar su turno para la vacuna contra el Covid-19, rechazando privilegios. Para él, el poder no era una ventaja, sino la máxima responsabilidad.
Encarnó lo que podría llamarse un socialismo tranquilo. Siguiendo la huella de Guillermo Estévez Boero y Hermes Binner, practicó una política de cercanía, austeridad y diálogo. En una Argentina de gritos y puentes rotos, prefería escuchar, articular y persuadir. No necesitaba proclamarse feminista para practicar la igualdad: en sus equipos, las mujeres ocupaban roles de decisión real por su capacidad y compromiso, tratadas siempre como pares.
Como intendente de Rosario, senador, gobernador y presidente de la Cámara de Diputados, no acumuló cargos; asumió desafíos. Dejó métodos, instituciones y, sobre todo, una forma de hacer basada en la prudencia y el coraje. Recordarlo no puede ser un ejercicio de nostalgia. Lifschitz enseñó que gobernar es, fundamentalmente, cuidar: cuidar lo común, cuidar la palabra empeñada y cuidar la esperanza.
